Hacia una epistemología médica crítica

La epistemología es una rama de la filosofía que se ocupa de la definición del saber y de los conceptos relacionados, de las fuentes, los criterios, los tipos de conocimiento posible y el grado con el que cada uno resulta cierto; del conjunto de saberes organizados que dan sustento a una práctica, a una serie de representaciones, a la construcción de campo científico específico.

La visión generalizada de finales del pasado siglo XX es la de que los progresos técnicos están dominando toda la patología humana, con lo que se fortifican utopías de una salud absoluta y permanente y la vida eterna del hombre. Pero hay que plantearse cuales son los fines racionales, lógicos de la medicina, puesto que el objeto de la medicina no puede ser prolongar la vida a toda costa.
La primera pregunta que en este sentido debemos hacernos es la de si la medicina es una ciencia. La respuesta parecería ser obvia, pero si nos detenemos un instante encontramos que en un comienzo, el fundamento de la ciencia moderna era la experiencia y sólo podía tener este valor lo que se podía someter a control y demostración.
Los orígenes de estas condiciones pueden rastrearse en los de la Modernidad misma que de acuerdo a Edgardo Lander pueden sintetizarse como: 
I.             Visión universal de la historia asociada a la idea de progreso.
II.   Naturalización de las relaciones sociales como fruto de la “naturaleza humana” y por extensión al modelo liberal capitalista.
III.          Ontologización de las múltiples separaciones sociales.
IV.  Necesaria superioridad de los saberes propios (ciencia) respecto de los ajenos. 


La Medicina se ha ido configurando históricamente sobre la base de cierta epistemología, metodología científica, representaciones del cuerpo biológico como su objeto específico de estudio y sobre el imaginario instituyente que los sujetos han elaborado en el seno de una determinada cultura sobre este.
Su visión del tema de la salud y la enfermedad se encuentra por lo tanto inexorablemente anclada en esta constelación de elementos que conforman su soporte cognitivo y el fundamento último de su práctica.
La lógica específica de ciertos campos implica una independencia respecto de otros dominios del saber determinando algún grado de incomunicabilidad entre ellos. La disposición endogámica intradisciplinar produce no pocas veces una ignorancia absoluta de lo que sucede extramuros y, lo que es peor aún, el desconocimiento de dicha ignorancia y de las condiciones histórico-sociales que las hicieron posible.
La transformación de una perspectiva epistemológica dada en única y omnipotente mirada capaz de producir descripciones verdaderas de una realidad exterior e independiente de las condiciones de la observación genera inevitablemente una ceguera cognitiva, una inaceptable subordinación discursiva respecto de otras disciplinas y una infranqueable barrera para el diálogo. 
Es la construcción de su objeto de estudio por parte del médico lo que está en cuestión ante la mirada de científico social y no sólo un conjunto inexplicable de prácticas autoritarias o de ejercicios arbitrarios y más o menos despóticos del poder.
No se trata únicamente de analizar prácticas y conductas impregnadas de una violencia simbólica evidente a la luz de determinados paradigmas de racionalidad sino de registrar por qué tales hechos resultan perfectamente coherentes, “naturales” y autoevidentes a la luz del paradigma de la medicina hegemónica. No son los sucesos desnudos los que merecen calificación sino el sistema de pensamiento que los hace circular como verdades sólidas, robustas y hasta cierto punto inevitable en el interior de ese dispositivo los que reclaman el aporte enriquecedor de otras perspectivas.
Que la enfermedad sea concebida como una fenómeno exclusivamente biológico, que sus dimensiones sociales, culturales, subjetivas sean sistemáticamente negadas y que los recursos terapéuticos queden exclusivamente limitados a la farmacología o la intervención anatómica directa no debería resultar sorprendente sino más bien inevitable si se toman en cuenta las profundas razones epistemológicas que las originan.

La visión fragmentaria, reduccionista, abstraccionista y limitada a la aplicación de la lógica estadístico matemática de la enfermedad como proceso y del cuerpo como geografía no podrán ser puestas en cuestión sino mediante la deconstrucción sistemática del dispositivo productor de aquellos saberes.
El tratado hipocrático “De la enfermedad sagrada” ya presenta esta aseveración: “Las reglas de la medicina práctica deben derivarse de la experiencia dirigida por el razonamiento ... El juicio reúne y ordena las impresiones recibidas por los sentidos; pues debe fundarse solamente en los fenómenos observados y no ser una hilera de suposiciones verosímiles”. La epistemología, por su parte, sugiere que la valorización del hecho apreciable por los sentidos es cosa generalmente más difícil que la elaboración de una hipótesis.
Las consideraciones expuestas hacen decir a Jean Hamburger que “las fronteras mismas que el conocimiento científico se atribuye, y su dependencia constante de postulados mentales de partida, ofrecen una libertad nueva en la búsqueda de otras especies de verdades, nacidas de nuestros impulsos ... Pero, de igual manera que en la física los fenómenos aleatorios pueden describirse con tanto rigor como los demás, gracias al aparato matemático, en la biología y la medicina lo aleatorio adquiere una perfecta rectitud experimental en virtud de un método de estudio notable: el cálculo de probabilidades”. Esto concuerda con el carácter probabilístico de muchas leyes científicas, que operan en los dominios de la biología y la medicina. En realidad, la ciencia moderna tiende a considerar sus leyes como enunciados probables.



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